Presenta alternativas para abastecer de agua potable a comunidades indígenas
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Presenta alternativas para abastecer de agua potable a comunidades indígenas
Martín Mundo Molina, académico de la Universidad Autónoma de Chiapas, presentó en el Simposio Internacional de Ingeniería Civil del ITESO una serie de procesos alternativos de captación de agua capaces de abastecer a comunidades en regiones aisladas.
Diana Alonso
Para Martín Mundo Molina, académico de la Universidad Autónoma de Chiapas (Unach), es triste pero necesario decir que a las casas mexicanas no llega agua potable, llega agua entubada. “(Los gobiernos) solamente le dan cloración para evitar la distribución de patógenos […] pero no se puede beber”, dijo en la conferencia “Tecnologías alternativas para la dotación de agua a pequeñas comunidades rurales”, impartida en el XXV Simposio Internacional de Ingeniería Civil (SIIC) del ITESO.
La crisis hídrica en las ciudades es urgente. Tan sólo en la última semana más de 150 colonias del Área Metropolitana de Guadalajara (AMG) han reportado agua turbia y de mala calidad. Pero Mundo Molina recordó que hay zonas del país donde ni siquiera existe infraestructura para que el agua llegue a los hogares. Según el Consejo Supremo Indígena de Michoacán, 20 por ciento de los hogares de personas indígenas en México no tienen acceso a agua entubada y 24.6 por ciento carecen de drenaje. “Sólo en Chiapas existen alrededor de 19 mil pequeñas comunidades rurales menores de 500 habitantes que no tienen agua potable”, dijo en su presentación. La dispersión, la orografía y la pobreza profundizan la marginación hídrica. Sin embargo, el problema va más allá de la “accesibilidad” geográfica.
Para el ingeniero civil, estas comunidades han quedado fuera de la mirada pública, relegadas históricamente. Recordó que la política pública de Lázaro Cárdenas en 1936 fue quizá el último gran esfuerzo por atender a las zonas rurales más pobres, pero desde entonces “se ha progresado poco”. Las condiciones siguen siendo prácticamente las mismas. Tras el levantamiento zapatista de 1994, se generaron grandes expectativas. “Organizaciones no gubernamentales pusieron mucho dinero. Sin embargo nunca llegaron a las comunidades. La mayoría se quedó en la esfera pública, aprovechada seguramente por los presidentes municipales de cada región”, dijo. Desde entonces las autoridades han impulsado proyectos incompletos que no solucionan las necesidades de las personas y que incluso se convierten en puntos de contaminación.
Ante ese panorama, Mundo Molina miró al pasado: Los canales de piedra construidos por los Olmecas en la cuenca de Atoyac; los chultunes mayas capaces de separar el agua de lluvia de los sedimentos y resguardarla bajo tierra, y las canaletas y depósitos subterráneos de Comalcalco en Tabasco. Tecnologías simples y eficaces integradas al territorio.
Mientras tanto, las soluciones que la Comisión Nacional del Agua (Conagua) ha impulsado en la región son depósitos abiertos que se llenan de polvo, hongos y animales ahogados. Focos de polución y enfermedades. “Se supone que la tecnología tiene que llegar para que se mejoren las cosas”, dijo el ingeniero mientras contrastaba las estrategias de hace más de dos mil años con las actuales.
A partir de esto, la Facultad de Ingeniería de la Unach, en colaboración con el Instituto Mexicano de Tecnología del Agua (IMTA) y con financiamiento de la Agencia Española de Cooperación Internacional, nació el proyecto Tecnologías Alternativas en Hidráulica, que derivó en la publicación de una guía de trabajo para pequeñas comunidades. En ella se mencionan la captación de lluvia y de niebla, además de soluciones de saneamiento como letrinas secas y reúso de agua jabonosa. “Los sistemas alternativos son aquellos que no son convencionales y que solamente sirven para pequeñas comunidades rurales”, explicó.
La captación de agua de lluvia fue aplicada por el equipo de la facultad en Yalentay, Zinacantán, de los Altos de Chiapas. Eligieron esta comunidad tzotzil por su marginación, su lejanía, sus viviendas dispersas, la ausencia de corrientes superficiales de agua, su geología kárstica y falta de electricidad para el bombeo. Un gran reto con el que se podría cuantificar la inversión que se necesita para llevar agua a un pueblo de estas características.
Antes de iniciar la construcción, el equipo analizó muestras del agua almacenada en un depósito municipal. Los resultados fueron contundentes: “no cumplía con parámetros físicos, ni químicos, ni mucho menos biológicos […] tenía coliformes totales”, explicó el ingeniero. En Yalentay, era habitual que las personas padecieran por dermatitis, parasitosis, diarreas y otras enfermedades hídricas. Algunos habitantes incluso perdían la vida por padecimientos que, con atención básica, no deberían ser mortales.
El sistema desarrollado por la facultad opera desde 1999. Tiene un techo de lámina galvanizada que recoge la lluvia y la conduce a un tanque de gran capacidad (un millón 200 mil litros) en el que el agua permanece en completa oscuridad para evitar la fotosíntesis. Pasa por filtros de grava, arena y carbón activado. Se oxigena y desaloja excedentes. Por gravedad, llega a las tomas del pueblo y es administrado por el único comité hidráulico indígena del país.
El mayor reto no fue técnico, sino social. “El ingeniero nunca debe diseñar desde el escritorio” señaló. Contó que, al comienzo del proyecto, una mujer tzotzil le dijo: “Aquí no puedes construir esto. Este es el sitio de los muertos, y ellos necesitan descansar”. Ese fue el momento en el que comprendió que necesitaría incorporar una estrategia social que pudiera vincular a los habitantes con este desarrollo, respetando las tradiciones de la comunidad.
Investigadores sociales aplicaron la metodología de transferencia tecnológica: hicieron manuales en tzotzil para niñas y niños, impulsaron la participación de las mujeres y trabajo remunerado para los hombres del pueblo. Con el tiempo, el colector se volvió parte de su cultura y cada 14 de abril celebran la Fiesta del Agua. En 2010, el proyecto recibió el Premio Mundial de Ingeniería Best Practices, otorgado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y el Gobierno de Emiratos Árabes Unidos en la ciudad de Dubái.
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